Charlotte Johnson White, Mujer Cherokee Liberta
Item
- Nombre
- Charlotte Johnson White, Mujer Cherokee Liberta
- Edad
- 88
- Ubicación
- Fuerte de Gibson, Oklahoma
- Nación
- Cherokee
- Recurso(s)
- En sus propias palabras
-
Por lo que sé, nací en el año de 1850, allá en las colinas al este de Tahlequah; los Cherokee lo llamaban Distrito Flint y el viejo amo Ben Johnson vivía a unas diez millas (16 km) al este de la gran ciudad Indígena, Tahlequah. Nunca supe dónde estaba su granja, y cuando surgieron las nuevas ciudades de este país me resulta mucho más difícil averiguar dónde vivía él y en dónde nací.
No se mucho acerca de mis propios padres tampoco, excepto que el nombre de mi madre era Elasey Johnson y el nombre de mi padre era Banjo Lastley, que una vez vivieron alrededor de donde ahora es Lenapah. Había un hermano llamado Turner Whitemire Johnson, y una media hermana llamada Jennie Miller Lastley, quien todavía vive en Muskogee, pero el hermano Turner murió hace más de 40 años, supongo. Mi papi pertenecía a otro amo, por eso el apellido de mis padres era diferente, pero yo conservé el antiguo apellido Johnson, aunque el viejo amo era un hombre de lo más mezquino.
Su esposa, la señora Anna, murió cuando uno de sus hijos nació; quizá por eso él era tan mezquino, preocupado todo el tiempo. El amo vivía en una casa doble de madera, con una chimenea doble en medio de dos habitaciones, y yo era una de las chicas que se quedaban en la casa para cuidar de sus hijos. Nunca recuerdo cuántos hijos tuvieron y no recuerdo sus nombres, pero eran todos muy malos, como el amo y el capataz que dirigía a la gente que trabaja en el campo.
La cabaña donde vivo con mi madre era una casa de madera de dos habitaciones con dos puertas que daban directo al patio. En las cabañas de los esclavos no había corredor ni ventanas, por lo que las esquinas de las habitaciones se oscurecían pronto y a veces me asustaba mucho antes de que mi madre llegara del campo por la tarde. Ella se iba todo el día y siempre me dejaba un camote grande asado en la tabla encima de la chimenea y que me lo comía alrededor del mediodía para mi comida.
Eso fue antes de que creciera lo suficiente como para trabajar en la casa del amo y cuidar de los niños. Ella siempre trabajaba en el campo; estaba enferma todo el tiempo, pero eso no le impedía trabajar en el campo o en el huerto. A veces estaba tan enferma que apenas podía levantarse de la vieja litera de madera cuando sonaba el llamado del trabajo matutino en la granja.
Un día mi madre no podía levantarse y el viejo amo vino a ver cómo estaba y le gritó: «Sal de ahí y vete al campo». Ella intentó ir pero estaba demasiado enferma para trabajar. Ella llegó bien a la puerta, pero para el viejo amo, ella no pudo apresurarse lo suficiente, así que él la empujó a una pequeña zanja que había junto a la cabaña y le azotó la espalda con el látigo, luego se agachó y la hizo rodar para poder golpearle la cara y el cuello. No vivió mucho después de eso y supongo que los azotes contribuyeron a matarla, pero más valía muerta que vivir para el látigo.
Cuando tenía doce años cuidaba a los niños del amo tal como me decían, y un día se me cayó uno justo donde el viejo amo estaba quemando unos matorrales en el patio. "¿Por qué haces eso?", me gritó, y mientras me agachaba para recoger al niño, me agarró y me empujó al fuego. Me fui de cabeza en el fuego, pero nunca supe cómo salí. ¿Ves esta vieja cara manchada y llena de cicatrices? Eso es lo que obtuve del fuego, y por dentro tengo los labios quemados, y la espalda llena de cicatrices que me acompañarán cuando me encuentre con Jesús.
Esas cosas me ayudan a recordar la época de la esclavitud y cómo una vez cuando me harté de que todo el mundo me tratara mal después de la muerte de mi madre, me escabullí en el bosque para escapar y anduve dando vueltas hasta que llegué a un lugar que la gente decía que era Scullyville. Por el camino comí bayas y mastiqué corteza de los árboles, y un alimento que me dieron unas personas de color que había por el camino.
Pero el viejo amo me siguió la pista y fui de regreso a la vieja granja para recibir más azotes. Luego me entregaron a mi tía Easter Johnson, pero era una mujer mala, mala con todos. Ella tenía un hijo de seis años. Ese niño se puso a llorar un día y ella agarró un gran garrote y golpeó a su propio hijo hasta la muerte. ¡Y luego se rió de ello! Como si estuviera loca, supongo. Y lo único que le hicieron fue encerrarla en el gallinero, acabando a latigazos con sal y pimienta (latigazos severos).
Todos los esclavos vestían ropa de algodón en el verano, chaquetas de lana en el invierno, y zapatos de punta de latón hechos con la piel de alguna vaca vieja que ya no servía para ordeñar. Perdí el primer par de zapatos que me dieron y tuve que andar descalza todo aquel invierno. En un matorral había visto a un conejo, así que empecé a perseguirlo, pero me quité los zapatos y los dejé en el suelo para poder acercarme sin hacer ruido. Entonces perdí al conejo y regresé por los zapatos, pero no los encontré por ninguna parte. Cuando el amo Johnson descubrió que los zapatos se habían perdido recibí otra paliza.
Me enteré de que los esclavos eran libres cuando como unos cien soldados llegaron a la casa. Eran un bonito espectáculo montados en sus caballos, y los hombres llevaban uniformes azules con gorritas. «Todos los esclavos son libres» dijo uno de los hombres, y después de eso se lo dije a todo el mundo: »¡Yo soy una Negra libre ahora y no voy a trabajar para nadie!»
Mucho tiempo después de que terminara la guerra y todo el mundo estuviera libre de sus amos, llegué a Muldrow (Oklahoma), y allí me uní a la iglesia. Durante 58 años pertenecí a los bautistas de color y aprendí que todo el mundo debe ser bueno mientras vive para tener un mejor lugar de descanso cuando muera.
En 1891 conocí a un hombre bueno, Randolph White, y nos casamos. Todavía conservo algunos trozos o retazos de mi vestido de novia, un vestido de algodón con muchos colores estampados, colores salvajes como los que solían llevar los Indígenas.


